La plomada y la vertical del alma
Hay textos que uno relee durante años y que, sin embargo, cada vez que los abre encuentran una rendija nueva por donde entra la luz. Esta semana volví a Amós 7:7,8 y de nuevo, no me defraudó.
La escena es de una austeridad casi desconcertante. No hay revelaciones grandiosas, no hay visiones de criaturas celestiales ni catástrofes cósmicas. Hay un hombre parado junto a un muro. Y una plomada.
Una plomada. Esa herramienta elemental, casi humilde, que los constructores han usado desde que el ser humano decidió que quería levantar algo que durara. Un hilo. Un peso. La gravedad haciendo su trabajo silencioso e implacable. Nada más.
Y sin embargo, en esa imagen cabe todo.
He aprendido con los años que las preguntas de una sola palabra son las más peligrosas. ¿Por qué? puede desmontar un gobierno. ¿Quién? puede cambiar la historia. Pero hay una que las supera a todas en su capacidad de incomodar: ¿Qué ves?
Es la pregunta que se formula en ese pasaje. Directa, sin adornos, sin contexto que la suavice. ¿Qué ves?
No se pregunta qué se piensa, ni qué se desea, ni qué se espera. Se pregunta qué se ve. Y esa distinción, para quien ha pasado años intentando separar el hecho de la opinión, la realidad del relato conveniente, es una distinción que pesa.
Ver con honestidad es un acto que requiere valentía. Porque muchas veces lo que vemos no coincide con lo que hemos construido, con lo que hemos defendido, con lo que hemos prometido que era sólido y verdadero. Y entonces surge la tentación de ajustar la mirada en lugar de corregir el muro.
La plomada no consuela. No relativiza. No dice "bueno, considerando las circunstancias, está bastante bien". No tiene en cuenta el esfuerzo invertido, ni los años de trabajo, ni las buenas intenciones de quien levantó la pared.
La plomada solo hace una cosa: revelar si algo está en su lugar o no lo está.
En mi camino como masón he meditado largamente sobre los instrumentos de trabajo. Cada uno de ellos es, en el fondo, un espejo. No un espejo que embellece, sino uno que informa. La plomada, en particular, habla de la verticalidad, y la verticalidad habla de algo más profundo que la geometría: habla de integridad. De coherencia entre lo que se profesa y lo que se vive. Entre el discurso y la conducta. Entre la fachada y los cimientos.
Y aquí es donde el texto de Amós se vuelve incómodo de una manera muy contemporánea.
Vivimos en una época que ha perfeccionado el arte de construir muros que se ven impecables desde afuera. Instituciones que proyectan solidez mientras se vacían por dentro. Relatos informativos que mantienen la forma del rigor sin su sustancia. Comunidades que exhiben cohesión mientras la fractura corre silenciosa por debajo.
Y lo más inquietante no es que existan esos muros torcidos. Lo más inquietante es que nadie haya puesto la plomada en mucho tiempo. O peor: que alguien la haya puesto, haya visto lo que había que ver, y haya decidido guardarla en silencio.
Vuelvo a la imagen. Un hombre junto a un muro. Una plomada en la mano. Una pregunta suspendida en el aire.
Lo que me llama la atención no es solo la herramienta, sino el gesto de usarla. Porque aplicar la plomada es un acto que implica disposición a escuchar lo que diga, sea lo que sea. Es renunciar de antemano a defender lo que ya está construido si la vertical dice que algo no está bien.
Eso exige una forma particular de honestidad. La que no depende del resultado. La que no pregunta primero ¿me convendrá lo que voy a descubrir? sino que simplemente mira, y luego actúa en consecuencia.
En construcción lo llaman buena práctica. En la vida interior, algunos lo llamamos trabajo sobre uno mismo.
Son, en el fondo, el mismo gesto.
La pregunta sigue abierta, y creo que debe seguir abierta. No como angustia, sino como brújula.
¿Qué ves?
¿Cuándo fue la última vez que tomaste la plomada y la pusiste, con honestidad, contra lo que estás construyendo? ¿Contra lo que publicas, contra lo que dices, contra lo que eres cuando nadie te observa?
El muro puede esperar. La vertical, no.
— Escrito desde la convicción de que las herramientas más sencillas siguen siendo las más necesarias.

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